Año 15 Edición Nº 4954 Paraná - Entre Ríos - Argentina - Martes, 7 de Septiembre de 2010 - Lector Nº 49167605
 
  
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Cultura:  PLÁSTICA. Julio Cesar Cuscueta, un creador frontal y honesto
“Soy un gran fisgón de la vida”
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FORMACIÓN. “Mi búsqueda me ha llevado a preguntarme sobre mí mismo y sobre las cosas y la gente”, cuenta Julio César Cuscueta.

Dueño de una historia de vida que enriquece un mundo interior que bulle, apasionado por el arte desde su infancia, este paranaense vital e inquieto transita un momento de afianzamiento en la tarea que lo cautiva: pintar. Justamente, y tras años de búsqueda y paciente esfuerzo, su tarea comienza a ser reconocida no sólo en el país, sino también en el extranjero.

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“Mi madre tenía grandes aspiraciones. Pero de todo eso me quedó el nombre nomás”, dice Julio César Cuscueta, y sonríe. Es que su mamá pensó en el gran general romano, conductor de ejércitos en épicas campañas que contribuyeron al esplendor de Roma, para bautizar a su hijo. Él, acepta, se resguardó bien de acercarse a ese destino glamoroso y exitista trazado por su progenitora.
Irónico, cultor de la humorada permanente que contrasta con una fachada de hombre serio, que a primera vista podría confundirse con cierta hosquedad, este paranaense a carta cabal, cultor del bajo perfil, despliega ante el cronista los momentos centrales de una rica historia en la que, como en aquellas novelas con final feliz, la luz concluye por imponerse a las sombras. En este caso, la vocación que ha persistido durante gran parte de la existencia de este hombre que desde la infancia, “en una casa de calle España, entre Diamante y Concordia”, hasta su casa taller de calle Patagonia se mantuvo fiel a sus convicciones. “Soy frontal, me gusta decir lo que pienso y sostener y fundamentar mis posiciones con argumentos”, agrega Cuscueta, lector de textos de toda laya y calibre. Aunque reconozca que en los últimos años ha abrevado especialmente en filosofía, estética, sociología e historia.
De aquel “típico barrio de clase media” y de una infancia “fantástica” vivida en el seno de una familia de escasos recursos mucho camino ha recorrido hasta un presente en el que por pura pasión y prepotencia de trabajo, sus pinturas comienzan a ganar un lugar en la consideración de compradores en el país y el extranjero.
“De chico mi sueño era ser director de cine”, cuenta Cuscueta, que sin embargo se ocupa de aclarar que la vida se ocupó de llevarlo hacia otras playas bien lejanas, sin lograr torcer su temprana atracción por las artes.
“A los 20 años estaba en Formosa”. A esa provincia viajó convocado para dar clases, luego de recibirse como maestro en la Escuela Normal Juan Bautista Alberdi.
Pero la nostalgia pudo más y decidió regresar, en 1972, a Entre Ríos. En Paraná trabajó en el Consejo del Menor, donde alcanzó a ocupar el cargo de jefe de un área antes de verse forzado a comenzar un prolongado peregrinaje por distintas reparticiones del Estado.
Fue una época difícil en la que, sin embargo, Cuscueta pudo reconectarse con aquella inquietud de su infancia.

LIBERTAD. “La verdad nunca me hice la idea de que podía pintar, y mucho menos que pudiese generar ingresos de esta actividad”, reconoce el artista con una sinceridad que algún desprevenido podría calificar de “brutal”.
Pero su paso por la Escuela de Artes Visuales Roberto López Carnelli, de la que egresó, le permitió conocer más un mundo en el cual “me sentí y me siento absolutamente cómodo”. Conoció allí a dos maestros ((Héctor) Planas y (Víctor) Grillo, que fueron grandes docentes para mí, ya que —reconoce— me dejaron hacer con total libertad”.
“Siempre he tratado de ser honesto conmigo mismo; pinto lo que sale y lo dejo fluir sobre la tela sin moldes ni preconceptos, no acuerdo con análisis previos”, relata el pintor que asegura que en su obra “lo central siempre ha sido el color”.
“Pinto porque tengo necesidad de hacerlo, nunca intelectualicé demasiado, sí reconozco que me han sido útiles los elementos conceptuales y teóricos que he incorporado, pero a mí me gusta que sean los otros quienes se ocupen de debatir sobre lo que hice. Una vez que dejé un trabajo concluido, para mí ya está, paso a otra cosa”.
Sus devaneos con el arte, su encuentro con la pintura, su paso por la escuela López Carnelli y la vida misma, que postergó por años sus aspiraciones, no lo han hecho concesivo consigo mismo: “Trato de evitar permanentemente caer en el facilismo”, asegura.
Y cuenta que, en su relación con la plástica “tuve un paréntesis muy prolongado porque en un momento clave, las expectativas que había generado como estudiante, me excedieron. Eso me bloqueó, me condicionó para producir y de hecho recién estoy tratando de superarlo, al punto que todavía no he concretado una exposición de carácter individual”.
Lo cierto es que la necesidad se impuso siempre, incluso a adversas circunstancias en su historia. Y esa pasión por la actividad artística y cultural le permitió también tener un coqueteo con el teatro, al que conoció al participar en un taller dictado por Rubén Clavenzani, “un gran docente y amigo”.

RECONOCIMIENTO. “Fue Morelli el que me sacó del ostracismo”, confía el autor. Se refiere a Carlos Morelli, otro referente de la actividad artística en la ciudad, marchand full time y de una generosidad a toda prueba. Infatigable difusor y promotor de la producción de artistas plásticos locales, Morelli logró imponer el trabajo de Cuscueta entre el público.
“Volví a pintar por pedido de él, en la década del 90”, añade Cuscueta que, admite, “mi producción no reconoce términos medios en cuanto a la recepción: genera amores u odios”.
“Siempre pensé que sería aceptado por mis pares y no por el público —reflexiona— por mi estilo, pero —reconoce sorprendido— ha sido exactamente al revés”, agrega el artista, que prefiere el óleo para plasmar sus creaciones y que se define como “un gran fisgón de la vida; un observador de la política, de la gente, de las cosas”.
La demanda que poseen sus trabajos, que crece en forma sostenida merced a la tarea que lleva adelante Morelli, así lo demuestra.
A sus 58 años, Cuscueta aún no deja de sorprenderse por un presente en el que, y lo señala con genuino orgullo, sus obras comienzan a venderse en el extranjero. Un presente con perspectivas venturosas.
Mientras no ceja en la lectura de textos para concluir su Licenciatura en Arte en la UNER, Cuscueta saborea el logro de dedicarse a eso que postergó durante tanto tiempo por completo: la búsqueda permanente de sí mismo y del ser a través de la pintura.


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